ENTRE SUS MANOS

Cruzó a largas zancadas la distancia que los separaba, impelido por una mezcla de rabia y orgullo herido, orgullo de hombre, nada menos, nunca había sentido miedo de él, porque nunca había tenido motivos, ni ella se los había dado… hasta ahora, en ese momento le daba igual si lo que la recorría era miedo, era nervio o era inquietud, pero un estremecimiento siniestro dominaba todo su cuerpo de una forma que no conocía. Cuando estuvo frente a ella, levantó aquellos brazos en mangas de camisa, le cogió la cara entre la manos de manera que abarcaban por anchas desde el mentón hasta la nuca. Es curioso, cómo puede cambiar el matiz de cualquier acto dependiendo de su momento y su sentido, porque ese gesto, ir serenamente hasta ella y tomarle la cara con las manos, ¡¡lo habría hecho tantas veces!! ¡¡Tantas por Dios¡¡ Y se había sentido tan segura, tan cómplice, tan dueña de él… y de todo. Ahora no, ahora era diferente, porque en ocasiones anteriores ese gesto antecedía a un arrebato de pasión y beso, de libertad a la noche, para que trajese lo que quisiera… no, claro que no, ahora no, su mirada era profunda, frágil, herida, inquisitoria por una pregunta, asustada por su respuesta, firme y triste… Mucho, que de cosas y todo en una mirada.

Hasta en ese instante tan tenso, en ese momento en que le requería una pregunta de cuya respuesta dependía TODO, sus manos eran suaves, suaves contra ella, porque ahora no estaba “con ella”, ahora estaba solo, solo y contra ella, pero aun así, su gesto si bien arrebatado no dejaba de ser sutil, aprisionándole la cara entre las manos como si entre ellas durmiera un gatito bebé… pensó pese a sus nervios que aquello aún le dolía más, como podía quererla tanto para controlar su ira en un momento como aquel, pues sí la quería, ella lo sabía y también sabía que sería así siempre.

No podía mentirle, no podía hacerle aquello, de alguna manera, de alguna forma, alguien le había hecho saber, que lo que él creía tan suyo, igual no lo era tanto, algún amigo quizás? No podía saberlo, pero alguna boca había vertido en sus oídos la retahíla de sospechas, le había instalado en el alma la posibilidad del engaño y esa letanía lo estaba quemando, lo había llevado hasta ese momento en el que estaban, y ella sabía por el cielo bendito, que no podía mentirle, más daño no, ya estaba bien.

¿Cuánto tiempo llevaban así?  Ninguno de los dos lo sabía, pero eterno sí les estaba pareciendo, él había formulado la pregunta una sola vez, con esa voz tan grave, tan inconfundible, esa pregunta , en esa voz y en esa tesitura, a ella le sonó poco menos que apocalìptica, esperaba que la tierra se partiera en dos bajo sus pies pequeños… al menos así… pero no, no lo hizo, la tierra se quedó firme, él se mantuvo firme a su vez, sosteniéndole la cara entre la manos, hasta que hiciera falta, con la mirada clavada en la suya como tallo y espina, repitiéndole en silencio una y otra vez, la maldita pregunta, “… Dime, ¿ha acabado todo?, era su forma de saber si había otro, si había engaño, si había traición, porque si así era, se habría acabado todo, él terminaría con todo, sin contemplaciones, ambos lo sabían.

La noche se convirtió en aliada perfecta del momento insufrible, el silencio alrededor era estremecedor, la casa cálida momentos antes, estaba fría casi helada, no era momento de autoreproches, de más preguntas, de por qués, de dar marcha atrás, de arrepentimientos, no iba a servir de nada, era momento de respuestas, una sola , la que le iba a dar, sabía que al hacerlo la soltaría al instante y no estaba segura de poder mantenerse de pie cuando eso pasara, como si aquellas manos inquisidoramente suaves la estuvieran sujetando de alguna manera. Se acabó, se dijo a sí misma, y la respuesta temida que sólo podía venir de ella, que sólo podía darle ella, se la dió….”Sí, se ha acabado todo”…

 

Aurori Carballo

 

 




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