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«UN BORBÓN SÓLO LLORA EN LA CAMA»

Tenía el hoy Rey de España cuatro años cuando le hicieron posar para un retrato oficial. El resultado de aquella sesión fotográfica de 1942 es una imagen de don Juanito –así se referían a él sus educadores para diferenciarlo de don Juan, su padre–, vestido con un uniforme de caballería hecho a su pequeña medida, botas altas, gorra de plato y gesto orgulloso. Después de permanecer una hora en pie y terminada la tarea, el chico se retiró a un rincón y comenzó a llorar. Con la comprensible alarma, los allí presentes le preguntaron que qué le ocurría. No tuvieron que investigar mucho: al sacarle las botas, con no poco esfuerzo, se dieron cuenta de que eran diminutas y que le habían dejado los pies en carne viva. Nadie se explicaba cómo era posible que el niño hubiese aguantado el dolor sin una queja durante tanto tiempo… hasta que él mismo se lo aclaró. «Un Borbón no llora más que en la cama», les dijo.
Según publica El Comercio esta es una de las muchas anécdotas que el escritor y periodista Fermín J. Urbiola (Pamplona, 1971), recoge en su libro ‘Palabra de Rey’, editado por Espasa, que acaba de salir a la venta. En esta obra, su autor compone «un retrato íntimo del alma de nuestro Rey con los pinceles de su palabra». Se trata de una biografía de don Juan Carlos en la que sus propios comentarios y observaciones, desde la exclamación más espontánea hasta la reflexión que roza el aforismo, hacen de hilo conductor. Documentos, cartas inéditas, hemeroteca, bibliografía, testimonios de quienes lo han tratado y, por supuesto, información de primera mano, constituyen las fuentes de que se ha servido Urbiola para componer este «relato periodístico».
Una niñez dramática
En él se da cuenta, por ejemplo, de «una niñez dramática y durísima, lejos de sus padres», como asegura el autor. «Tenía la impresión de que los míos me habían abandonado», llegaría a reconocer el propio Juan Carlos. Fueron años de profunda tristeza, en los que el muchacho era una especie de ficha en la partida que jugaban su padre y Franco.
Desde su primer encuentro con el anterior jefe de Estado –«Franco me pareció más bajo que en las fotos»– su relación con él resultó fluida: «A mí me tenía cariño». El futuro rey se centraba en su objetivo, el trono. Una vez contrajo matrimonio con doña Sofía –«no solo ha sido la esposa leal: es que ha estado siempre de mi parte»–, y trasladó su residencia a España, se dedicó a trabar contacto con el pueblo. «Soy demasiado joven para estar sin hacer nada», se quejaba ante Franco. «Por efecto de ese roce con el pueblo hay un conocimiento mutuo: es la razón del cariño que le tiene la gente», asegura Urbiola.
Fueron tiempos duros, durante los cuales la sucesión al frente del país estaba en el aire. «Tuve que pasarme veinte años haciéndome el tonto», explicaría posteriormente.
Una vez convertido en soberano, en 1975, le tocó encabezar una difícil Transición. «La gente quiere cambio: no se les puede defraudar, tenemos que hacerlo bien». Ayudado por Suárez, logró hacer realidad el salto de la dictadura a la democracia.
Si pensó que, conseguida esa meta, el trabajo estaba finalizado, se equivocaba. Su gran reválida llegó el 23 de febrero de 1981, con el intento de golpe de Estado. Su intervención fue decisiva para desarmarlo; él fue quien ordenó a los jefes militares que mantuviesen las tropas acuarteladas. «¿Quién me habría tomado en serio si no hubiera podido ponerme el uniforme de capitán general para dirigirme a todos ellos delante de las cámaras de televisión?».
Sin duda, el Rey ha acompañado algunos momentos memorables de la Historia de España con sus frases. Sucedió con el sonado «¿Por qué no te callas?» que dirigió a Hugo Chávez, o con las disculpas posteriores al episodio cinegético de Botswana. Ahora, en plena crisis, quizás venga a colación el consejo que le ofreció a su heredero. «Yo le digo a mi hijo Felipe: aquí hay que ganarse el sueldo día a día. Si nos tumbamos a la bartola, nos botan».
Urbiola no comparte la opinión generalizada de que la monarquía viva horas bajas. «Lo que ocurre es que el ruido de un árbol que cae distrae de los cientos que crecen a diario». Reconoce que ha desoído ofertas tentadoras por participar en tertulias que ventilan intimidades regias. «Para hablar de errores y escándalos ya hay otros. Yo, en ‘Palabra de Rey’, lo que quiero es hablar del alma del Rey. Y pido perdón, pero yo veo la botella medio llena».




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