“LO DEL OBISPO DE MALLORCA Y ESA SEÑORA NO ES UN PROBLEMA DE CASTIDAD ES DE SUPINA MEMEZ”

La frase es del sacerdote diocesano de Madrid don Jorge González Guadalix refiriéndose al polémico hecho del marido que puso un detective al obispo de Mallorca y a su mujer presumiendo que ambos tenían relaciones. La cosa se ha ido enredando y el escándalo ya está en el Vaticano.

Una excelente crónica de Irma Cuesta en El Comercio lo explica todo.

Hace ya unas semanas que el obispo de Mallorca y Sonia Valenzuela van Moock-Chaves, a la sazón hija del conde de Peñalba y la condesa de Albercón -también marquesa de Rivas de Jarama-, se quitaron las alianzas que ambos intercambiaron hace solo unos meses llenos de buenas intenciones. En concreto, monseñor guardó su anillo en un cajón a mediados de octubre porque «no era oportuno» y porque muchas personas le preguntaban por su significado. Algo debió de alertarle, porque esas alianzas, un mero «regalo hecho con una finalidad religiosa», según ha explicado el prelado, se han convertido en el centro de un escándalo que lleva visos de convertirse en el culebrón de la temporada.

Quién le iba a decir a Javier Salinas (Valencia, 1948), el mismo que hace bien poco tuvo lidiar con la acusación de seis curas de su diócesis por presuntos abusos sexuales a menores, que a la vuelta de solo unos meses se vería obligado a demostrar que la suya es, también, un alma libre de pecado. Monseñor vive sumido en una pesadilla desde el mismo día en que Mariano de España Torrell, miembro de una distinguida familia mallorquina, comenzó a sospechar que él y su hoy exmujer, por entonces secretaria de Salinas, mantenían una relación bastante más estrecha de lo debido.

Una carpeta llena de fotografías y registros telefónicos confirmando que se veían más de la cuenta y mantenían largas conversaciones telefónicas a horas intempestivas, fue lo que necesitó Mariano de España para dar rienda suelta a sus sospechas.

Inspector de la Comisión del Patrimonio Histórico Artístico del Consell y miembro de la familia de los condes de España, presentó entonces dos documentos ante las autoridades eclesiásticas: uno, la demanda formal de separación de su esposa; el otro, una carta dirigida a Salinas haciéndole responsable de la situación.

Por eso, por más que el obispo de Mallorca asegure que no está enamorado de Sonia, que en ningún momento ha atentado contra la doctrina cristiana, y mucho menos faltado al sexto mandamiento, las pruebas recopiladas por el exmarido de quien fuera una de sus más cercanas colaboradoras ya están en el Vaticano. Esperando que alguien las eche un vistazo antes de decidir si su Excelencia Reverendísima debe seguir en el cargo o le conviene pasar una temporada lejos del mundanal ruido. Y, mientras sus jefes deciden, Salinas sigue negando la existencia de «una relación inapropiada». «Siempre he actuado desde una actitud de confianza con aquellas personas con las que colaboro y de limpieza en nuestra relación», dijo hace solo unos días en la COPE, apuntando a que las pruebas aportadas por la ya expareja de Valenzuela no demuestran nada. «La realidad es la que es, todo depende del cristal con que se mira».

También Sonia Valenzuela van Moock-Chaves parece dispuesta a dar la cara por quien durante unos meses fue su jefe. La profesora de Economía Aplicada en la Universidad de las Islas Baleares (UIB) jura que todo lo que se ha dicho de ella y del prelado es «absolutamente falso» y que tanto ella como sus hijos está impresionados por el cariz que están tomado los acontecimientos.

Tampoco sus amigas, todas ellas miembros de la alta sociedad de la isla, creen una palabra. «Sonia es incapaz de nada de lo que se la acusa. Otra cosa es que, tras la separación de su marido, el obispo hubiera cometido la imprudencia de tomarse la situación de su empleada como algo personal», ha contado una de sus íntimas a la prensa local, donde la describen como «una andaluza abierta (nació en Sevilla), ‘echá p’alante y zalamera, que con su buen carácter se ganó rápidamente a las altas esferas políticas y eclesiásticas».

En el entorno de Salinas, en cambio, no todo son palabras de ánimo. Mientras él da explicaciones ante sus superiores de lo ocurrido, su colega, el sacerdote diocesano de Madrid Jorge González Guadalix ya ha dicho lo que piensa de todo este asunto: «Lo del obispo de Mallorca, Javier Salinas, intercambiando un anillo con su secretaria, y llevándolo en el mismo dedo, al lado del anillo episcopal, no es un problema principalmente de castidad, o no, es un problema de supina memez. Algunas veces, tampoco tantas, saltan casos de curas, frailes u obispos a los que se ha pescado en actitud poco edificante en temas de sexto mandamiento. Pues bien, en la mayoría de los casos lo que en realidad encuentras es un problema de falta de sentido común». Dicho está.




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