LOS DUQUES DE PALMA CASTIGADOS EN CASA

Hacía ya casi tres años que Iñaki Urdangarin no asistía a ningún acto, de carácter oficial o privado, que estuviese relacionado con su familia política, de ahí la expectación ante su anunciada presencia en la celebración de las bodas de oro de los reyes de Grecia, una sorprendente reaparición social que, finalmente, no se produjo. La reina Sofía y la infanta Elena fueron las representantes españolas en la cena de gala con que se festejaron los cincuenta años de matrimonio de Constantino y Ana María, en la que se dieron cita dos centenares de invitados, con una nutrida representación de la realeza europea. La incógnita sobre la asistencia de los duques de Lugo, anunciada por la Casa Real griega, se mantuvo prácticamente hasta que los comensales ocuparon sus asientos.

Es verdad que por mucho que el acto tuviese cierto aire familiar, hubiera resultado chocante que la pareja, decidida a pasar inadvertida desde que estalló el escándalo, volviese a colocarse en esta ocasión ante los focos.

La última aparición en los medios de Iñaki Urdangarin data de este verano y no fue precisamente glamurosa: la revista ‘Interviú’ publicó su foto cambiándose el bañador en la playa de Bidart, en el País Vasco francés, donde pasó parte de sus vacaciones en familia. Allí se dejó ver, moreno y con buen aspecto, tras recuperar unos cuantos kilos y abandonar por unos días su retiro ginebrino.

Los medios españoles han respetado, en líneas generales, la privacidad que Iñaki y Cristina han buscado fuera del país, hasta el punto de que ha sido la prensa helvética la que les ha prestado mayor atención. Así, los periódicos han hablado del suntuoso dúplex que tienen por vivienda, localizado en la calle más exclusiva del casco antiguo de Ginebra –que ocupa los dos últimos pisos de un edificio noble y cuenta con una docena de habitaciones–, y han llegado a criticar su elevado tren de vida.

Doña Sofía, en cambio, no desaprovechó la ocasión de encontrarse con los suyos. Liberada de compromisos tras la abdicación del rey, puede dedicar más tiempo a su familia. A eso se debe que viajase hace unos días a Grecia para estar con su hermano, a quien permanece muy unida, y asistir a la cena que Constantino y Ana María ofrecieron el miércoles en el Museo de la Acrópolis de Atenas.

 

Nada tuvo que ver con el dinero el enlace que hace medio siglo unió al heredero de la corona griega con la hija pequeña de los reyes de Dinamarca, Ingrid y Federico: su historia de amor más bien parece propia de un cuento de hadas. Constantino descubrió a quien se convertiría en su mujer ojeando una revista. La fotografía de una preciosa princesa nórdica le llevó a anunciar a sus padres su decisión de ir a conocerla.

Ni siquiera la juventud de su prometida fue un impedimento. Iniciaron su romance en secreto en 1962, tras asistir a la boda de Juan Carlos y Sofía en España, cuando ella tenía 15 años, y esperaron a que alcanzase la mayoría de edad para contraer matrimonio. Fue el 18 de septiembre de 1964, dos semanas después de que Ana María cumpliese los 18.

Ese mismo año, Constantino había accedido al trono griego para un breve reinado: en 1967, un grupo de militares dio un golpe de estado al que en principio no se opuso. Después, se daría cuenta de su error y trató de remediarlo derrocando a la junta militar con otro golpe que fracasó y le obligó a exiliarse. En 1973, los militares depusieron al monarca, una decisión que, terminada la dictadura y restaurado el gobierno civil, el pueblo confirmó en referéndum.




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