EN UNA FINCA DE MEDINA DEL CAMPO QUEMAN VIVAS…

El matrimonio de jubilados formado por Agustín Pérez y Teresa Mota han interpuesto en la comisaría de la Policía Nacional de Medina del Campo un total de 19 denuncias entre 2004 y el pasado lunes en las que relatan un sinfín de hurtos y robos con fuerza en su finca de nueve hectáreas, ubicada en las proximidades del nuevo polígono industrial de Medina del Campo según informa El Norte de Castilla.
Durante estos nueve años, los autores no solo han sustraído material agrícola de la propiedad del matrimonio, como más de 650 aspersores, 150 tubos, 14 piezas de enganche, una radial o martillos, entre otros muchos aperos, sino que también se han ensañado con los animales domésticos de la finca. Tanto es así que en más de cinco ocasiones los perros, gatos y gallinas fueron quemados vivos por los ladrones.
«Esta situación es inaguantable, ya que llevamos muchos años sufriendo un continuo acoso y no sabemos quién puede ser», lamentan los afectados, quienes a pesar de reponer cada una de las herramientas sustraídas aseguran que lo que peor llevan es que «nuestros animales sean los que tienen que pagar el pato, ya que son el objeto de las fechorías de estos gamberros, que se ensañan con los pobrecillos que no pueden defenderse, y a eso no hay derecho».
A pesar de que la Policía Nacional, siempre según los denunciantes, tiene indicios de quienes pueden ser los responsables de esta sucesión de asaltos, tanto Agustín como Teresa aseguran que el problema radica en que «nosotros no queremos vender la finca que tiene nueve hectáreas, tiene luz, agua y salida a la autovía». La pareja recuerda que han recibido ya «tres ofertas, aunque en ninguna de ellas nos hablaron de dinero, pero nosotros por el momento no queremos venderla ya que la finca nos da la vida».
Salvajadas
En la primera ocasión, los autores quemaron vivos a sus dos mastines y, en la segunda, el objetivo fueron tres gatos. Dos de ellos murieron carbonizados. Después los asaltantes se ensañaron con otro de sus perros, al que introdujeron «una caña de bambú de un metro de longitud por el pene», mientras que el 22 de mayo fueron un total de 25 gallinas las que murieron carbonizadas en un pequeño gallinero que el matrimonio poseía en su finca.
«No sabemos sobre qué hora ocurrió exactamente, pero creemos que nos quemaron a las gallinas y todo el gallinero por la noche», explica Teresa, una mujer desmoralizada por la situación que vive desde hace casi una década y que reconoce que ha llegado a sentirse observada en la intimidad de su propiedad.
Según la denuncia del matrimonio, uno de sus hijos fue a la finca para supervisar que todo estaba en orden al salir del trabajo y, a su llegada a las 15:00 horas del 22 de mayo, descubrió que el gallinero había sido sufrido un incendio intencionado en el que murieron 25 ejemplares.
«Forzaron el candado y cogieron la paja que tememos en un costado de la finca, así como varias garrafas para incendiar el gallinero con las gallinas dentro», señala Agustín, quien por el momento no sabe si volverá a poner en marcha el gallinero, ya que confiesa que tienen «miedo a que nos vuelvan a quemar a los animales porque al no ser la primera vez, pues uno ya no se fía».
El matrimonio insiste en que desconocen la identidad de los autores de «estas macabras situaciones en las que nos matan a los animales para presionarnos», pero lo que si tienen claro es que «cada vez que nos matan animales o nos hacen alguna fechoría, a los pocos días viene gente ofreciéndonos dinero por la finca».
Cámaras y visitas diarias
Pero es que los asaltos no solo se limitan a la matanza de animales doméstico sino que Teresa y Agustín también han sufrido un sinfín de pérdidas materiales a cuenta de los robos de material agrícola, como los citados 650 aspersores, los 150 tubos de riego, las 14 piezas de enganche, una radial y varios martillos.
La finca de las víctimas tiene una extensión de nueve hectáreas y su ubicación estratégica, con dos salidas a la autovía, parece ser «el motivo por el que nos pasan todas estas cosas», asegura el matrimonio antes de recalcar que no se plantea vender la finca, ya que «nos da la vida porque venimos aquí y nos despejamos, y nos gusta tener nuestro huerto y nuestros animales».
Por el momento, y a pesar del «acoso» al que están sometidos, la familia no quiere vender la propiedad y baraja la posibilidad de poner en marcha un dispositivo de seguridad con cámaras. Pero, por ahora, su única solución pasa por acudir varias veces al día a vigilar la finca.




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